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La memoria que guarda nuestra lengua materna

Lo que un discurso de Soraya Martinez Ferrada, alcaldesa de Montreal, nos invita a comprender sobre la lengua, la identidad y la migración.

Por Cristina Uribe

 

El pasado 2 de octubre, la alcaldía de Montreal celebró el lanzamiento oficial del Mes de la Herencia Latinoamericana. Fue una tarde de reencuentros, de acentos de todo el continente mezclándose en los pasillos, y de ese orgullo que sentimos cuando nuestra comunidad ocupa un lugar visible en la ciudad que hemos elegido como hogar.

Durante el acto protocolario, la alcaldesa de Montreal, Soraya Martinez Ferrada, nacida en Chile, tomó la palabra. Primero se dirigió al público en francés y luego retomó su discurso en español. Al recordar a los padres y abuelos que llegaron a este país con sueños, esperanzas y el deseo de construir una vida mejor, su voz comenzó a entrecortarse.

No necesitó decir mucho más para que sus palabras adquirieran otra dimensión. Nos recordó que los hijos y nietos de aquellas generaciones hoy estudian, trabajan, crean empresas, hacen arte y participan en la vida pública. «Esta ciudad también es nuestra», afirmó, antes de subrayar que la herencia latinoamericana no vive solamente en los recuerdos de los países que dejamos atrás, sino también en el trabajo y en la historia que estamos construyendo aquí.

Como lingüista que estudia la pronunciación del francés en la población hispanohablante de Quebec, no pude evitar reflexionar sobre el lugar que ocupa nuestra lengua materna en la historia que cada uno trae consigo. La lengua materna no es solo un medio de comunicación. Es un archivo de nuestra historia.

La lengua que aprendimos en la infancia no es únicamente un sistema de palabras y sonidos. Es también una parte de nuestra historia, de nuestros vínculos y de la manera en que hemos aprendido a nombrar el mundo.

 

Una lengua para el corazón

Investigadores como Aneta Pavlenko y Jean-Marc Dewaele han estudiado cómo las personas multilingües experimentan y expresan sus emociones en las distintas lenguas que hablan. Sus trabajos muestran que la relación entre lengua y emoción es compleja: depende, entre otros factores, de la historia de aprendizaje, del contexto de uso y de las experiencias personales de cada hablante. Para muchas personas, la primera lengua conserva una resonancia emocional particular, aunque no necesariamente sea la única lengua en la que pueden expresar sentimientos profundos.

Pensemos en las primeras palabras de cariño, los regaños, las canciones de cuna y los chistes familiares. Las palabras no llegan solas. Están vinculadas a voces, rostros, emociones, lugares y momentos que han formado parte de nuestra vida.

La investigación de Catherine Harris, Ayşe Ayçiçeği y Jean Berko Gleason ofrece un ejemplo concreto. En un estudio con personas bilingües de turco e inglés, los investigadores midieron la respuesta fisiológica de los participantes ante diferentes palabras y expresiones. Las palabras tabú y las reprimendas asociadas a la infancia provocaron una mayor respuesta de activación fisiológica cuando se presentaron en la primera lengua que cuando se presentaron en la segunda. Los resultados aportan evidencia de que algunas expresiones pueden conservar una intensidad emocional diferente según la lengua en la que se reciben o se recuerdan.

Por su parte, Viorica Marian y Ulric Neisser estudiaron cómo la lengua empleada durante una entrevista influía en los recuerdos autobiográficos de personas bilingües. Observaron que los participantes tendían a recuperar más recuerdos relacionados con determinados periodos de su vida cuando la lengua utilizada para evocarlos coincidía con la de las experiencias vividas durante esos periodos.

Estos hallazgos no significan que todos sintamos lo mismo al hablar nuestra primera lengua, ni que una segunda lengua carezca de profundidad emocional. Nos muestran algo más interesante: las lenguas que hablamos están vinculadas a nuestras experiencias, y cambiar de lengua puede cambiar también la manera en que accedemos a ellas y las expresamos.

Quizás por eso, al escuchar a la alcaldesa recordar a sus padres y abuelos en español, muchas personas pudimos reconocer algo de nuestra propia historia. No podemos saber exactamente qué recuerdos o emociones atravesaron aquel momento para ella. Lo que sí podemos reconocer es el alcance de las palabras que eligió compartir y la fuerza con la que nos invitó a mirar el recorrido de quienes llegaron antes que nosotros:

« Nunca olvidemos de dónde venimos, pero tampoco olvidemos todo lo que hemos logrado y todo lo que queda por hacer. Nuestros padres, nuestros abuelos, llegaron con sueños, con esperanza y con el deseo de construir una vida mejor. Hoy sus hijos, sus nietos, estudian aquí, trabajan, crean empresas, hacen arte, participan en la vida pública y ayudan a construir una ciudad y un país mucho mejor. Esta ciudad también es nuestra, somos parte de su historia, en su presente, en su futuro y también en la historia que ustedes traen a este país. Es exactamente por qué estamos celebrando hoy. Nuestra herencia latinoamericana no vive solamente en los recuerdos de nuestros países, los cuales dejamos. Vive todos los días aquí, en su trabajo y en la historia que están construyendo aquí. »

 

Dos lenguas, una misma persona

Que una mujer nacida en Chile dirija hoy Montreal, la metrópolis francófona más grande de América, y se dirija a su ciudadanía en francés y en español nos invita a reflexionar sobre las distintas maneras de pertenecer a una sociedad.

El francés es la lengua en la que la alcaldesa ejerce su liderazgo y participa en la vida pública de Quebec. El español forma parte de su historia familiar y de su trayectoria personal. En su discurso, ambas lenguas tuvieron un lugar.

Lo que me interesa destacar de aquel momento es que no tenemos que elegir entre aprender una nueva lengua y conservar la que nos ha formado. Podemos dominar el francés, trabajar en francés e incluso soñar en francés sin que eso nos obligue a esconder nuestra lengua materna o a renunciar a nuestra historia.

Aprender otra lengua no significa sustituir una identidad por otra. Con el tiempo, las lenguas pueden adquirir nuevos significados, acompañarnos en experiencias distintas y convertirse en parte de nuestra vida de maneras que quizá no habríamos imaginado al llegar.

La emoción con la que la alcaldesa compartió su mensaje la conectó con su audiencia. Al hablar de sus padres y abuelos con profunda emoción, nos recordó que detrás de cada trayectoria profesional y de cada historia de integración hay vínculos, sacrificios y generaciones que han contribuido a construir la sociedad en la que vivimos.

 

El acento como huella, no como falta

Esta reflexión me toca de cerca porque mi trabajo gira alrededor de la pronunciación. Escucho con frecuencia a personas latinoamericanas recién llegadas a Quebec decir que sienten vergüenza de su acento, que prefieren no intervenir en las reuniones o que temen no ser tomadas en serio mientras se les note que hablan español.

Detrás de esas inquietudes aparece a menudo una idea muy extendida: que hablar bien una segunda lengua significa hablar como una persona nativa y borrar cualquier rastro de la lengua materna.

La investigación sobre la pronunciación en segundas lenguas nos invita a distinguir entre conceptos que suelen confundirse. Murray Munro y Tracey Derwing, referentes en este campo, han estudiado las relaciones entre el acento, la inteligibilidad y la facilidad con la que se comprende el habla. Sus trabajos muestran que tener un acento perceptible no significa necesariamente que una persona sea difícil de entender.

Esto no quiere decir que trabajar la pronunciación carezca de importancia. Al contrario: mejorar la articulación, el ritmo y la entonación puede facilitar la comprensión y ayudar a las personas a comunicarse con mayor seguridad en contextos profesionales, sociales y culturales.

Pero el objetivo no tiene por qué ser borrar el acento. El objetivo es desarrollar los recursos necesarios para que nuestra voz llegue con claridad y para que podamos participar plenamente en la vida de la sociedad en la que vivimos.

El acento forma parte de nuestra trayectoria lingüística. Puede dar pistas sobre las lenguas que hemos aprendido y los caminos que hemos recorrido, pero no determina nuestro valor, nuestra inteligencia ni nuestra competencia profesional.

En Quebec, donde la lengua francesa ocupa un lugar central en la identidad colectiva, esta conversación tiene una dimensión particular. La protección y la vitalidad del francés son cuestiones fundamentales para la sociedad quebequense. Reconocerlo no nos obliga a considerar las demás lenguas como una amenaza.

Al contrario, quienes llegamos de América Latina podemos aprender francés, contribuir a su vitalidad y participar en la vida de Quebec sin dejar de hablar español con nuestras familias, transmitirlo a nuestros hijos y compartirlo con quienes nos rodean.

Cuidar una lengua no tiene por qué significar renunciar a otra. El compromiso con el francés y la preservación del español pueden coexistir y enriquecerse mutuamente.

 

Habitar más de una lengua

A menudo se cita una frase atribuida al filósofo rumano Emil Cioran: «On n'habite pas un pays, on habite une langue» («No habitamos un país, habitamos una lengua»). La idea resulta sugerente para quienes hemos migrado, porque expresa hasta qué punto una lengua puede convertirse en un espacio de pertenencia. Sin embargo, nuestra experiencia también nos recuerda que podemos construir vínculos con más de una lengua y más de un lugar.

A la comunidad hispanohablante de Montreal quiero decirle, con todo el cariño: como expresó la alcaldesa, « esta ciudad también es nuestra ». Habitemos el francés con confianza, sin pedir perdón por nuestro acento, y sigamos viviendo nuestra cultura e identidad también a través de él. Integrarse no significa desaparecer.

Y, al mismo tiempo, no dejemos que se apaguen las luces de nuestra primera casa. Hablemos en español con nuestros hijos, cantemos nuestras canciones y contemos nuestras historias en la lengua en que las vivimos.

A quienes tienen el francés como lengua materna, esta reflexión también les concierne. Escuchar otras lenguas en los espacios públicos, en los lugares de trabajo y en la vida cotidiana puede ser una oportunidad para reconocer las historias que conviven en Montreal. La integración lingüística no es únicamente el esfuerzo de quien aprende una lengua nueva; también se construye en los espacios donde esa persona puede tomar la palabra, ser escuchada y participar plenamente.

Quizás eso sea, en el fondo, lo que aquel discurso nos invitó a recordar: que nuestra historia no termina cuando dejamos un país, ni nuestra identidad se queda detenida en el lugar del que venimos. Seguimos construyéndolas aquí, con las lenguas que hablamos, las relaciones que creamos y las contribuciones que hacemos a esta ciudad.

Y si alguna vez la voz se nos quiebra al pronunciar una palabra que viene de lejos, no tenemos por qué avergonzarnos. Tal vez sea uno de esos momentos en los que comprendemos cuánto de nuestra historia sigue vivo en nuestra manera de hablar y cuánto podemos compartir con los demás.

Porque nuestra lengua materna guarda parte de nuestra memoria, pero nuestra voz también tiene futuro en la lengua que hemos elegido aprender.

Cristina Uribe es lingüista, doctoranda en el Laboratorio de Fonética de la UQAM y fundadora de Fonética del Francés, una iniciativa de formación en pronunciación del francés dirigida a personas hispanohablantes. El pasado 8 de septiembre recibió el Prix de la langue française en la categoría Provoquer la passion, otorgado por la Ville de Montréal.

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